El gusano del rencor - VISOR CUBANO

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jueves, 7 de marzo de 2019

El gusano del rencor


El tipo de la foto se llama Antonio Becali. Era el presidente del Instituto de Deportes en Cuba, pero lo acaban de destituir. Yo era un aficionado a muerte de muchas cosas. Hace apenas cinco o seis años entrevistaba a Contreras, a Signorini, a Dayron Robles, a Víctor Mesa, a Rey Ordoñez, a René Arocha, a Ken Griffey Jr., a Barry Larkin, y me jugaba la vida en eso (un modo de decir).


La persona que más mal me caía en el mundo en una época no era nadie relevante, sino Rodolfo García. Puedo nombrar de memoria las veintinueve medallas que Cuba ganó en las Olimpiadas de Sidney, pero ni siquiera puedo mencionar ya los campeones de Londres o de Río. 
Cuando quiero buscar un ejemplo de la porquería en que convirtieron al deporte cubano en los últimos quince años, solo tengo que mirarme y comparar lo que antes era emoción única y maciza con el ríspido escepticismo y el marcado desinterés de hoy. 
Para mí, la prueba más definitiva del desastre no es factual, no es que ahora haya menos medallas que ayer o cosas así, sino que me hayan convertido en lo que me convirtieron, trocándome mi entusiasmo y mi fidelidad, que eran abundantes y tal parecía que no iban a acabarse nunca, por el cinismo y la burla y el deseo genuino, muy genuino, lo juro, de que Cuba no gane nunca nada.
 Había que ser cínico y mediocre a mares para secar un pozo de amor como el mío. Ahora hay que inventarse constantemente equipos nuevos y aficiones que no sabemos bien de dónde vienen. Veo todo el tiempo NBA, veo MLB, veo futbol, y cualquiera que me ve cree que me emociono, y yo creo que me emociono, pero también yo, que sé lo que era la emoción, el peso terrible y gratuito de todo ese comercio vivo, sé que eso que tengo no es emoción ni es nada. 

Es mucha la alegría y el desamparo que en los últimos años me perdí y que no pude poner en ningún lugar. Pero a una, otra. He terminado descubriendo un nuevo evento deportivo que es ganancia pura, contrario a las Olimpiadas o a los Mundiales, justas que siempre te van a dar infinitamente más dolores y desgracias que felicidad y placer. Ese evento es el deporte nacional del explote, y hay que tener paciencia para jugarlo, pero siempre vas a terminar venciendo. 
Se juega en el terreno del totalitarismo, un estadio muy estrecho y apretado en el que uno es espectador y atleta al mismo tiempo y en el que tienes que permanecer de pie en todo momento. El reglamento es específico. No es recomendable que lo juegues con Fidel Castro o con su hermano o con alguien de su generación que siempre los haya obedecido, pero con Díaz-Canel seguro que lo puedes jugar, por ejemplo. Los máximos responsables no van a explotar nunca. 
Esa regla hay que tenerla en cuenta para no decepcionarse rápido, pero de ahí en fuera vamos a alcanzar record ganador, porque todos los demás, tarde o temprano, van a reventar, y uno, sedentario, va a presenciar lleno de gozo cómo revientan. Curiosamente, ese es el único segundo dentro de la ingeniería retórica de la fábrica totalitaria en que la figura impersonal y vacía del funcionario adquiere cierta singularidad o especificidad y se delinean en él ciertos rasgos humanos y sucede consigo, al fin, algo que pudiéramos llamar real. Se vuelve persona únicamente en el momento de su desintegración. 
Es, apenas es, cuando ya deja de ser. Se transforma en algo cuando ya no es nada. Se convierte en sujeto cuando ha dejado de ser objeto, pero alguien que fue programado y que aceptó que lo programaran como objeto para toda su vida, no puede ser ya nada fuera de eso, de ahí que en Cuba pulule como zombies, por pueblos y calles y archivos mohosos, una legión de funcionarios técnicamente muertos, que respiran y comen y duermen pero que fallecieron el día de su destitución. Es una buena renta la que sacamos, francamente.
 Cuba está cargada de funcionarios y siempre alguno de ellos está explotando por algún motivo. O por ninguno, en realidad. Explotando solo porque la naturaleza del funcionario es explotar. Escoge al tuyo como una mascota, de acuerdo a tus intereses, y míralo desvanecerse. Si te afecta el transporte más que nada, concéntrate en el Ministro de Transporte. Antes o después se va a ir del parque. Si te molesta la prensa, elige cualquier director de periódico. Son intercambiables. Si te atienden mal en un hospital, ponte al encargado de Salud entre ceja y ceja. Y así. Algo sumamente provechoso del funcionario, al menos del tipo de funcionario lambón y repugnante como Becali, es que no parece ser consciente de su destino. 

Es decir, él ha visto cómo otros antes que él han explotado, él ha visto cómo otros explotaron diciendo exactamente lo mismo que él tiene que decir ahora, obedeciendo de la misma manera, anulándose de igual modo, convirtiéndose todos, de modo imparable, en la misma asquerosa mierda, pero por alguna razón el funcionario cree hasta el día antes del mazazo que con él va a ser distinto, que a él no le va pasar. Tú conoces desde siempre el futuro que él ignora. Y es así como hoy me he sentado a saborear mi venganza, repleto de una felicidad inesperada por esta destitución sabrosa que el totalitarismo acaba de regalarme. 
Algunos descarados demoran más. Por tanto, aquí sigo en lo mío, fingiendo escribir y viajar, mientras espero en realidad la dulce y estrepitosa caída del sátrapa de Higinio Vélez. Este fue, paradójicamente, el manager del Santiago de mis amores, el Santiago de ídolos que ya no existen, emigrantes tardíos que hoy, en tierras ajenas, avanzan ineludiblemente hacia la vejez sin testigos cercanos de sus virtudes y méritos, ni nadie que los mime y los abrace. 
Y uno aquí, que se quedó con todo eso adentro y todo eso se pudrió. Pienso en Pacheco, pienso en Pierre, pienso en Kindelán, pienso en Vera. Pienso, siempre, en Vera. Llevo su slider conmigo a todas partes. Y hoy, como ofrenda y homenaje, estoy sacando a pasear al gusano del rencor.

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